Era el tercero de la camada y el más pequeño, pero tuvo la gran suerte de quedarse en la osera de la que su madre había escapado. Sus dos hermanos, aún ciegos, se aventuraron al exterior y no volvieron.
Su madre, sobreprotectora, lo mantenía siempre a su lado, alimentándolo con su leche materna, hasta que un día ella no volvió. Él, chiquitín, aún amedrentado por el exterior, gruñó y gruñó llamando a su amorosa madre.
Que yacía muerta a pocos metros de la entrada, el pequeño se decidió a salir y vio con horror cómo otro oso gigantesco devoraba a su madre. El tierno osito gruñó lo más fuerte que pudo para ahuyentar a aquel despiadado asesino.
Le sorprendió el gran rugido que salió de sus dulces fauces, pero se percató de que ese rugido no era el suyo, sino de un colosal oso de pelo rojo que abatió al carroñero. Tenía su mismo pelaje de un rojo parduzco y sus mismos ojos azules. El gigante se le aproximó y olfateó, lamiendo su tierna cabezita; era su padre. Después de la muerte de la gran osa, el gigante se ocuparía del chiquitín. Dicen que todavía vagan juntos por los bosques.
M. D. Álvarez
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