Ella llevaba siempre una cadena al cuello con un casquillo de plata; era un recordatorio de la muerte de su pareja, un aguerrido alhurion. Lo habían sacrificado en contra de sus deseos; no lo querían cerca, al ser una criatura de naturaleza dual. Decían que no se fiaban de él. Lo torturaron y sometieron a vejaciones; ni siquiera luchó cuando le estaban arrancando los grandes colmillos. Él no se resistió.
Pero ella sabía que él era todo corazón y ninguna maldad. Por eso, abandonó el grupo. Uno de los torturadores de su bello alhurion lucía uno de sus grandes colmillos al cuello. Ella no lo consintió y se lo arrancó con furia, guardándolo con tristeza; era lo único que le quedaba de su apuesto compañero.
Se encaminó hacia las tierras del norte a ofrecer las cenizas de su joven amor a los de su raza. Él siempre quiso volver a su tierra y correr libremente por las grandes praderas, pero por amor se quedó con ella. .
Su raza era de una noble estirpe, hijos de la luna y el sol. Al verla llegar, supieron que algo había pasado y mandaron a recibirla a la hermana más pequeña del noble Draian. La pequeña reconoció la urna de su hermano y aulló de dolor; la familia se unió en el aullido y rodeó a la joven que había separado a su miembro más noble para llevárselo lejos.
La madre observó a la joven y descubrió algo que ella no había percibido aún: en su vientre se gestaba un nuevo ser, entre alhurion y humano.
"Serás siempre bienvenida a nuestro hogar. Tú portas la simiente de mi adorado hijo en tu vientre", dijo ella, agachando la cabeza en señal de respeto.
Continuará...
M. D. Álvarez
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