domingo, 11 de enero de 2026

Un celestial.

Con sus puños desnudos, machacó aquellas máquinas que habían enviado a matarle a él y a su pareja. Su furia era incontenible cuando trataban de matar a su novia, y todo por hacerse con un nombre. Él era un celestial; todas las noches volvía herido y ella curaba sus heridas. Aquella vez casi perdió las manos. 

—Mi vida, tienes que tener más cuidado. Si sigues peleando a pecho descubierto, te harás daño —dijo ella, vendando sus doloridas manos.

—"No les dejaré que te hagan daño", dijo él con una determinación férrea. —"Además, mi piel es muy dura y quiero hacerles creer que pueden vencerme para luego ver su desesperación al notar que no consiguen arredrarme y el terror en sus ojos cuando ven mi furia desatada en mi mirada", refirió con resolución. 

Pasadas un par de semanas, sus manos ya estaban recuperadas y la llevó a dar una vuelta por el parque, pensando que, al ser un lugar público, estarían fuera de peligro. Sin embargo, nada de eso los esperaba en un pequeño templete. Él los percibió antes de entrar en el parque y le dijo: "No te separes de mí". Ella le agarró de la mano y lo siguió. Él conocía aquel parque como la palma de su mano; conocía los puntos ciegos y le pidió: "Espérame aquí", dijo, llevándola a uno de esos puntos ciegos. "Vuelvo enseguida". 

Su cabello ondeaba al viento cuando aquellas máquinas se abalanzaban sobre él. Se fue deshaciendo de todas y cada una de ellas, hasta la última que le preguntó:  

—¿Qué eres tú?  

—Yo, un híbrido: mitad humano y mitad divino. No tenéis poder sobre mí, pero yo sí tengo poder sobre vosotros —refirió, aplastándole la cabeza con su puño.

Se lavó el rostro y las manos en una fuente cercana al lugar donde la había dejado. Ella se encaminó al lugar y la cogió por la cintura, acercándola hacia él.  

—Ya estoy aquí y creo que ya no nos molestarán más —dijo, besándola con dulzura.

M. D. Álvarez 

No hay comentarios:

Publicar un comentario