Los cazadores se miraron entre sí, confundidos por la valentía de la pequeña. Uno de ellos, con un ceño fruncido, dio un paso adelante.
—Esa criatura es peligrosa —dijo con voz grave—. No podemos permitir que ande suelta. Podría atacar a cualquiera.
La niña, sintiendo el miedo en el aire, respiró hondo y levantó la cabeza con determinación.
—No es peligroso si no le hacen daño —replicó, su voz firme a pesar de su juventud—. Él solo quiere ser amigo.
El licántropo se sentó, mostrando su gran cuerpo peludo, pero sus ojos reflejaban un brillo suave y protector. Se acercó un poco más a la niña, como si le diera fuerza.
Los cazadores dudaron. Nunca habían visto a un ser tan imponente tratar con tanta ternura a una niña tan pequeña. El líder del grupo, un hombre de barba gris y mirada dura, frunció el ceño mientras contemplaba la escena.
—¿Y si decide atacarte? —preguntó, pero su voz carecía de convicción.
La chiquilla sonrió y dio un paso hacia el licántropo.
—Nunca lo haría —dijo con confianza—. Él sabe que yo lo quiero. Solo está asustado porque ustedes vienen con armas.
El silencio se hizo presente en el bosque mientras los cazadores consideraban sus palabras. La atmósfera se volvió pesada; el sonido del viento parecía susurrar secretos antiguos entre los árboles.
Finalmente, uno de los cazadores más jóvenes, quien había estado observando todo desde atrás, dio un paso adelante.
—¿Y si le damos una oportunidad? Quizás no sea lo que pensamos —sugirió tímidamente.
El líder frunció más el ceño, pero algo en su interior comenzó a cambiar. La valentía de la niña había sembrado una semilla de duda en su corazón.
—Está bien —respondió al fin—. Démosle una oportunidad... pero si algo pasa...
La niña asintió con entusiasmo mientras abrazaba al licántropo con fuerza.
—No pasará nada —aseguró—. Solo necesitamos mostrarles que él es nuestro amigo.
Con eso, se giró hacia el bosque sombrío y comenzó a cantar una canción suave y alegre sobre la amistad y la valentía. El licántropo se unió a ella con suaves aullidos melódicos, creando una armonía inesperada que resonó en todo el lugar.
Los cazadores se quedaron paralizados ante aquel espectáculo inusual: una niña y una bestia salvaje compartiendo un momento de conexión pura. La atmósfera tensa comenzó a desvanecerse mientras las flores en las guirnaldas brillaban bajo la luz del sol filtrándose entre las hojas.
M. D. Álvarez
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