lunes, 26 de enero de 2026

Promes en las profundidades. 2da parte.

​Ella asintió con la mirada empañada por las lágrimas, confiando ciegamente en el hombre que acababa de desafiar a la muerte una decena de veces. Se colocó la boquilla del regulador y, tras una última bocanada de aire compartido, ambos se sumergieron en el caos de metal y sombras en que se había convertido el pasillo principal.
El barco lanzó un quejido metálico aterrador; la estructura cedía bajo la presión del océano. La succión empezaba a ser violenta. Él la sujetó con fuerza de la cintura, usando su brazo libre para impulsarse contra las paredes que ahora estaban en posición vertical. No quedaba tiempo para seguir el camino convencional; debían atravesar el salón de baile, cuyo techo de cristal era ahora la única frontera entre ellos y la libertad.

​Bajo el agua, el silencio era absoluto, roto solo por las burbujas rítmicas de ella y el latido ensordecedor en las sienes de él. Sus pulmones ardían. El frío calaba hasta los huesos, ralentizando sus movimientos, pero la visión de la silueta de su prometida, iluminada por la tenue luz de la luna que se filtraba desde la superficie, le daba la fuerza necesaria para seguir braceando.
​Justo cuando alcanzaron el gran ventanal, un mamparo estalló a pocos metros, lanzando una corriente de agua turbia que los desorientó. Él la aferró con más fuerza, negándose a soltarla. Con un último esfuerzo sobrehumano, utilizó una pesada silla de bronce que flotaba a la deriva para golpear el cristal. Al tercer impacto, el vidrio estalló.
​El flujo los expulsó hacia el exterior como si fueran parte de una exhalación del propio gigante de acero.
Salieron a la superficie jadeando, rodeados de una oscuridad salpicada por los restos del naufragio. A lo lejos, las pequeñas luces de los botes salvavidas parpadeaban como estrellas caídas. El crucero terminó de hundirse con un rugido sordo, dejando tras de sí un remolino que los zarandeó, pero ambos se mantuvieron unidos, flotando sobre un resto de madera del mobiliario.

​—Te dije que volvería —susurró él, con la voz quebrada por el cansancio y el frío, mientras la estrechaba contra su pecho.

Ella, aún temblando, solo pudo responder apretando su mano. No necesitaban palabras; el horizonte empezaba a teñirse de un rosa pálido, anunciando un nuevo amanecer para ambos.

M. D. Álvarez

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