Sus dotes de paciencia se estaban agotando con aquel grupo de cadetes; no había ninguno que se salvara, bueno, ninguno. No había una joven cadete de familia militar que ponía todo su empeño en acatar las órdenes. La llamó a parte y la informó de que entraba a formar parte de una selección de jóvenes cadetes. Ella saludó marcialmente y se situó tras él.
Él se dirigió al resto de cadetes, que no habían dado ni una. Su rostro serio y enojado los hizo temerse lo peor.
—Caballeros, he de deciros que no pasáis a la siguiente prueba; seréis carne de cañón —refirió enojado—. Tan solo la cadete Angie logró lo que ninguno de ustedes ha sabido cumplir. Reticente.
—Cadete Angie, acompáñame; le voy a presentar a sus nuevos compañeros —refirió él, comandante del nuevo grupo Punta de Lanza.
Ella sentía admiración por su superior; él no había mostrado preferencias, los había tratado a todos por igual y la había escogido entre los cadetes más preparados. Debió de ver algo en ella que la distinguiera de todos los demás..
Adelante, pasa. A ver, cadetes, os presento a la última integrante del grupo. Sed unos caballeros, que os conozco. Rugió desde la entrada un grupo de diez cadetes de variopintas nacionalidades se cuadraron al oírlo entrar.
Uno de los primeros reclutados la miró de arriba a abajo y esbozó una leve sonrisa que su superior vio.
—¿Qué le parece tan gracioso, cadete? —rugió a dos centímetros de su cara.
—Nada, mi comandante, solo que es una mujer.
—Ya puedes borrar esa sonrisa de tu cara si no quieres que te la borre yo. Ahí donde la ves, esto va también para vosotros: es la mejor cadete que he visto, incluso mejor que ustedes. Así que trátala con la consideración debida, y al que ponga en duda su valía, que venga si se atreve a decírmelo a mí. ¿Queda claro? —rugió, furibundo.
El resto de cadetes respondió al unísono: —Sí, mi comandante.
Aquella versión de su comandante y líder no la habían visto jamás. Su ferocidad y dedicación al nuevo grupo de aspirantes a formar parte de la élite de soldados iba más allá de lo que se esperaba de él, pero tenía buenos motivos para moldearlos a su gusto. No así, era el mejor entre los mejores.
M. D. Álvarez
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