Sus posibilidades eran inmensas; bajo su superficie helada había todo un océano de oportunidades. Él era el único astronauta cualificado para realizar las prospecciones necesarias para descubrir si Europa estaba habitada bajo los hielos.
Su naturaleza de híbrido le confería unas aptitudes necesarias para zambullirse en las heladas aguas de la blanca Europa. Sus ojos azules tenían la suficiente sensibilidad como para adaptarse a las oscuras aguas.
Se sumergió en las aguas primordiales de Europa; su denso pelaje lo protegía del frío y su capacidad pulmonar le permitía aguantar la respiración hasta un máximo de una hora.
Las profundidades tenían una extraña luminiscencia que le permitió observar criaturas hermosas que lo miraban con curiosidad. Una de aquellas dulces criaturas se aproximó hasta casi rozarle, y no esquivó el encuentro. Nadaba a la par de aquella preciosa criatura que lo observaba con cuidado; era como si lo estudiase. Lo acompañó hasta los límites de su reino de agua. Lo vio salir de un salto y sacudirse como un perro para librarse del exceso de agua. Subió a su nave y envió un informe de los hallazgos bajo la superficie de hielo: las maravillosas formaciones de sílice y las hermosas criaturas que surcaban los vastos océanos de Europa. Accionó los motores y regresó con muestras. Aterrizó en la base Edward, donde lo esperaban todos sus amigos, y ella, la única que creía en él, lo había cuidado y mimado desde que lo conoció. Eran amigos desde la guardería; ella lo defendía ante los que lo ninguneaban por su aspecto lobuno.
Corrió a su encuentro y lo abrazó como si no hubiera un mañana.
—Has vuelto —dijo ella con un hilo de voz.
—Claro que he vuelto, te prometí regresar y lo he hecho —dijo él con voz profunda mientras acariciaba su mejilla.
M. D. Álvarez
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