domingo, 18 de enero de 2026

El regreso a casa.

Su cabello negro azabache ondeaba al viento mientras trataba de localizar desde dónde les disparaban. Vio un fogonazo y el sonido hueco de una detonación se ocultó.

—Ya lo he localizado. Espérame aquí, voy a neutralizarlo y regreso. Él fijó la mirada en su compañera; su expresión mostraba una pizca de terror. Ella lo cogió del brazo, tratando de retenerlo, pero él, delicadamente, le dijo:

—Tengo que ir; si no, nos tendrán situados sin poder avanzar. ¿Lo entiendes?

Levantó la manta de camuflaje con cautela para no ser descubierto y la dejó cubriéndola. Avanzó, resguardándose en el terreno abrupto. Debía rodear la colina desde la que aquel francotirador le impedía avanzar. 

El viento estaba de su parte; soplaba en dirección a él, su olor no podría ser detectado por ningún sabueso. Desde el otro lado de la colina, pudo trepar por las rocas hasta el puesto de vigía. Cuando se hubo deshecho tanto del francotirador como de su observador, regresó junto a ella, que, al verlo aparecer, sintió que estaban a salvo.

—Ahora podemos continuar —dijo él con gran determinación—. Estamos a no más de 20 kilómetros del puesto base de nuestro grupo y te juro que no dejaré que nos atrapen —dijo, visiblemente ofuscado por no haber podido salvar al resto de su comando.

M. D. Álvarez 

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