Ella conocía sus estados de ánimo y, con solo verlo, supo que no podría controlarlo con dulces palabras. Por eso, se acercó con cautela y lo besó plácidamente, con toda la calma del mundo. Con cada beso, ella notaba cómo se iba calmando, hasta que se arrodilló ante ella, abrazado a su vientre. Ella sonrió dulcemente, sintiendo que la frustración de él se iba disipando. Con un gesto delicado, acarició su cabello; lo quería con sus defectos y virtudes.
—¿Qué sucede, mi vida? —preguntó con un susurro. Él levantó la mirada, todavía perdida en las sombras, pero el mero hecho de verla a ella terminó de disipar sus dudas.
—No lo sé —dijo en un hilo de voz. No logro contener mi furia; con cada provocación, pierdo más y más mi naturaleza bondadosa, dando paso a una furia indómita.
—Mi amor, debes recordar lo especial que eres para mí; yo siempre te ayudaré a retornar a tu estado de suprema bondad —respondió con suma dulzura.
M. D. Álvarez
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