Aquella ciclo génesis era un mundo de posibilidades, por lo menos para los de su especie, seres terrenales pero fantásticos. Los mitad lobo y mitad hombre se dedicaban a cazar y correr por los prados; los mitad tigres y mitad hombres cazaban en la jungla, a pesar de los fuertes vientos.
Os voy a contar una extraña historia entre un hombre lobo y una mujer pantera. Él, bajo lluvias torrenciales, se divertía corriendo y brincando por la estepa y riscos escarpados. Era feliz corriendo en solitario; siempre conservaba su parte humana al respetar la naturaleza y sus criaturas. Su nobleza como lobo lo llevaba a cazar a las criaturas enfermas y, muy de vez en cuando, rezaba a otras criaturas de mayor envergadura, solo para medirse.
Un buen día, mientras corría feliz, un olor le llegó desde las selvas del sur: un olor a almizcle que lo atraía. Varió la dirección de su carrera y descendió a la gran selva esmeralda.
Era un territorio virgen para él; debía andar con cuidado, no conocía qué criaturas poblaban aquel lugar, pero el aroma lo atraía con verdadera satisfacción. De pronto, se paró en seco; había visto dos ojos verdes entre la maraña de lianas. El perfume venía de allí.
Se acercó con cautela y descubrió a una hermosa mujer pantera que lo miraba curiosa, escrutándole como tanteando si tenía posibilidades bajo aquel aguacero torrencial y los vientos huracanados, sopesando la posibilidad de que aquel ser del norte fuera capaz de vencer a los hombres leopardo y hombres tigre para unirse a ella en aquella vorágine de elementos.
M. D Álvarez
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