Nunca lo perdía de vista, y aquello no pasaba desapercibido para la corte, que comenzó a murmurar y cuchichear sobre los gustos mundanos de la joven reina. Él era el blanco de sus burlas y asechanzas.
En cuanto ella descubrió un ápice de molestia por las burlas en el rostro de su amigo, lo llamó a su lado y le susurró unas palabras que lo llenaron de orgullo y determinación: era algo más que su favorito, y todos y cada uno de los que se reían de él serían justamente sancionados.
Ella sería entronizada en dos días, tras lo cual haría justicia sobre su más que mejor amigo.
M. D. Álvarez
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