lunes, 19 de enero de 2026

El despertar del cosmos.

Llevaba eones dormido y sin contacto con sus criaturas; solo ella velaba su sueño y cuidaba de que nada lo despertara ni lo molestara. Conocía el mal despertar de su bienamado. Si se despertaba de buen talante, todo fluiría con calma y sosiego; pero, ay, si se despertaba de mal humor, ella era la única que podía calmarlo. Sin embargo, si no lo lograba, destruiría todo el cosmos que con tanto trabajo y esfuerzo le había costado crear para el deleite de su adorada y deseada esposa, a la que consentía todos sus deseos, por muy complicados que fueran; él se lo conseguía todo, deseaba agradarla y calmarla con atenciones. 

Su última petición fue especialmente divertida; adoraba cuando ella se ponía juguetona. 

—¿Quieres un mundo lleno de color y de criaturas etéreas en simbiosis con tus deseos? —dijo él, viendo la dulce mirada anhelante de ella. 

—Sí, corazón mío, eso es exactamente lo que deseo —dijo ella, acercándose sinuosa y divertida.

Él se puso manos a la obra, aglutinando las más variopintas materias: tierras de tonos celestes y añiles para su mundo, piedras de delicados colores para sus montañas, aguas de tornasolados colores para sus mares y las diversas materias orgánicas de delicados tonos para sus adorables criaturas de hermosas formas etéreas. Ella aplaudía cada logro con verdadero entusiasmo y admiración; sabía que su apuesto compañero le concedería lo que quisiese, pues ella era la única que lograba calmar sus apetitos. Aquella sería una de las muchas noches que ella aplacaria sus deseos carnales.

M. D. Álvarez 

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