Él solo quería sentirse útil e indispensable, pero ya lo era para ella. Sabía que él la adoraba y quería cuidar de ella. No había nadie más en el mundo que le importara más que solo ella, y se sentía inútil cada vez que ella enfermaba. Su salud era delicada y, más en su estado, él no soportaba no hacer nada, pero ella lo consolaba con mimo. Sabía que la vida hubiera sido diferente si no lo hubiera encontrado; él era su mirlo blanco del que no deseaba separarse..
Cada día que pasaba, él se sentía más ansioso por su bienestar. Se despertaba antes del amanecer, preparaba el desayuno y se aseguraba de que todo estuviera a su alcance. La fragilidad de ella lo mantenía en un estado constante de alerta, pero ahora había una nueva vida creciendo dentro de ella, lo que aumentaba aún más su preocupación.
Una tarde, mientras la lluvia caía suavemente contra la ventana, él se sentó junto a ella en el sofá. Ella acariciaba su vientre con ternura, y él no pudo evitar sonreír al ver cómo esa pequeña vida parecía responder a su toque. "¿Sientes algo?", preguntó con un brillo de emoción en sus ojos.
"Sí", respondió ella, "es como si supiera que estás aquí".
Él suspiró, sintiendo el peso de la responsabilidad que se avecinaba. "No puedo evitar preocuparme por ti y por el bebé. Quiero hacer más por los dos".
Ella le miró con esos ojos que parecían comprenderlo todo. "Lo que más necesito es tu amor y tu compañía. Cada momento a tu lado me llena de vida, no solo a mí, sino también a nuestro pequeño".
Y así, en medio de la tormenta, él comprendió que su amor era el mejor remedio de todos. Decidió que, aunque no pudiera cambiar su salud delicada, podía ser su refugio y el protector del nuevo ser que estaban trayendo al mundo.
Con cada día que pasaba, la esperanza crecía en sus corazones. La idea de convertirse en padres les daba fuerzas para seguir adelante.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario