viernes, 9 de enero de 2026

Ternurita.

La chiquilla no le tenía miedo; era la única que se atrevía a acercarse a aquel fiero licántropo, la única que osaba ponerle dulces lazitos en las greñas de su cabeza y colgarle guirnaldas de flores a aquella bestia salvaje, que se mantenía mansa con aquella dulce niñita. Era como si la consintiera; era digno de ver. Aquel fiero licántropo lucía encantador con los lazitos y las guirnaldas encima. Ella lo veía monísimo y tierno. Sus amiguitos, aterrorizados, no se atrevían a meterse con ella; parecía que aquel imponente licántropo tenía predilección por aquella chiquilla. 

Un día, mientras la niñita adornaba al fiero licántropo con guirnaldas de flores frescas y hermosos lazitos, notó que él estaba más intranquilo de lo normal y le preguntó con ternura:  

—¿Qué te ocurre, amiguito?

El licántropo soltó un suave gruñido, como advirtiéndole de que algo estaba a punto de suceder. En el bosque había susurros de odio y furia; el licántropo se levantó y se interpuso entre su joven amiguita y el bosque sombrío, donde comenzaban a salir cazadores con la intención de darle muerte.  

La pequeña, con su lenguaje infantil, se plantó entre los cazadores y el licántropo, levantando sus tiernos bracitos, les dijo:  
"Es mi amigo, no le hagáis daño", todo esto ante la cara de estupor de los cazadores, que no daban crédito a lo que estaban viendo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

No hay comentarios:

Publicar un comentario