Un día, mientras la niñita adornaba al fiero licántropo con guirnaldas de flores frescas y hermosos lazitos, notó que él estaba más intranquilo de lo normal y le preguntó con ternura:
—¿Qué te ocurre, amiguito?
El licántropo soltó un suave gruñido, como advirtiéndole de que algo estaba a punto de suceder. En el bosque había susurros de odio y furia; el licántropo se levantó y se interpuso entre su joven amiguita y el bosque sombrío, donde comenzaban a salir cazadores con la intención de darle muerte.
La pequeña, con su lenguaje infantil, se plantó entre los cazadores y el licántropo, levantando sus tiernos bracitos, les dijo:
"Es mi amigo, no le hagáis daño", todo esto ante la cara de estupor de los cazadores, que no daban crédito a lo que estaban viendo.
Continuará...
M. D. Álvarez
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