La presencia intuyó su presencia en el bosque y se dirigió en su búsqueda. Lo halló dormido en una oquedad de un árbol caído. Se acercó cautelosamente y acarició su denso pelaje dorado.
—Te pillé —le susurró al oído.
No tenía escapatoria y se entregó sin resistencia. Ella lo domeñó suavemente con ternura y pasión; él, sumiso, se entregaba a las caricias de ella.
Bajo los árboles, se amaron ardorosamente hasta el día siguiente. Cuando se hallaron los dos tendidos y abrazados amorosamente, ella hizo ademán de levantarse, pero él la retuvo con ternura. Su unión estaba prohibida y tan solo podían amarse una vez al mes.
—No te vayas —suplicó él.
—He de irme; si descubren mi desaparición, no pararán en buscarme, y lo sabes —dijo ella con media sonrisa.
—Espérame, te buscaré la siguiente luna llena —manifestó, mordiéndose el labio y deseando un nuevo encuentro con su apuesto y fornido hombre lobo al que amaba con locura desde que lo encontró solo y asustado.
M. D. Álvarez
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