Aquel maravilloso eco era por un lindísimo angelote de ojos verdes y tirabuzones rubios. Sus padres adorables no daban crédito: él era un hermoso hombre lobo y ella, una adorable sirena. ¿Cómo era posible que de ellos dos naciera aquel angelito?
Daba igual; su benjamín era reverenciado por todos y cada uno de los habitantes del mundo fantástico. Siempre hay vida tras el murmullo de clarines.
M. D. Álvarez
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