Aquel enigmático lobo de pelaje dorado se quedó mirándola. Se acercó a ella, que tendió su mano para que él aproximara su hocico y la oliera. Si se volvían a encontrar, él la reconocería. Tenía una herida en la pata delantera, pero no demostró dolor; había peleado con un puma y aún no sabía por qué debía defenderla. Más lo hizo; algo en su interior se removió al verla indefensa ante un sanguinario puma.
Ella trató de retenerlo, pero no lo logró; solo pudo seguirlo hasta la orilla de un río caudaloso. Sus huellas la guiaban río arriba, pero de repente las huellas de lobo se convirtieron en huellas humanas que se dirigieron al interior de la floresta. La pérdida de sangre era abundante, así que se dio prisa; debía localizarlo si quería salvar a su defensor. Lo halló acurrucado en el hueco de un árbol caído.
Ella hizo fuego y cubrió su cuerpo con una manta. Él apenas llevaba un pantalón corto ajado. Su hombro estaba gravemente desgarrado; debía detener la hemorragia, así que puso el machete en el fuego y, cuando estuvo al rojo, aplicó el machete candente sobre las heridas, consiguiendo que la hemorragia cesara. El joven de aspecto salvaje ni se inmutó; seguía inconsciente..
Ella permaneció cerca de él por si se despertaba. Habían pasado más de cuatro horas desde que lo encontró. De pronto, se dio cuenta de que la observaba con aquellos hermosos ojos azules; la observaba curioso la reconoció. Una amplia sonrisa afloró, dejando ver unos dientes blancos y perfectos.
Ella no se acordaba de él; ya se habían conocido, pero como humanos. De aquello habían pasado ya 7 años.
Ella parpadeó, tratando de recordar. Su mente se llenó de imágenes borrosas de un pasado lejano. ¿Quién era este hombre que ahora yacía herido frente a ella? La conexión entre ellos era innegable, pero los detalles se le escapaban.
Él intentó incorporarse, pero el dolor lo detuvo. Ella lo empujó suavemente hacia abajo, susurrándole que descansara. Mientras tanto, buscó en su mochila algunas hierbas medicinales que había recogido durante su viaje. Preparó una infusión y la aplicó sobre las heridas, esperando que ayudara a acelerar la curación.
La noche cayó, y el bosque se llenó de sonidos nocturnos. Ella se sentó junto al fuego, observando las llamas danzar. De vez en cuando, miraba al hombre, esperando que despertara de nuevo. Finalmente, él abrió los ojos y la miró fijamente.
—¿Quién eres? —preguntó ella, su voz apenas un susurro.
Él sonrió débilmente.
—Soy alguien que te debe la vida, una vez más. Nos conocimos hace muchos años, en un lugar muy diferente. Pero ahora no es el momento de hablar de eso. Debemos salir de aquí antes de que el puma regrese.
Ella asintió, aunque las preguntas seguían arremolinándose en su mente. Ayudó al hombre a levantarse y, apoyándolo en su hombro, comenzaron a caminar lentamente hacia el río. La luna llena iluminaba su camino, y el sonido del agua les daba una sensación de calma.
Mientras avanzaban, ella no podía dejar de pensar en el misterio que rodeaba a este hombre-lobo. ¿Qué había pasado hace siete años? ¿Por qué se había transformado en un lobo? Y, lo más importante, ¿qué significaba su reencuentro?
Mientras avanzaban por el bosque, el hombre comenzó a hablar, su voz apenas un susurro en la noche.
—Hace siete años, yo era un joven explorador, igual que tú. Nos conocimos en una expedición en las montañas del norte. Tú estabas estudiando las plantas medicinales de la región, y yo estaba investigando la fauna local. Pasamos semanas juntos, compartiendo historias y conocimientos. Pero un día, me adentré demasiado en el territorio de una antigua tribu. Fui capturado y, como castigo, me transformaron en un lobo. Desde entonces, he vagado por estos bosques, atrapado entre dos mundos.
Ella lo miró, sorprendida. Ahora recordaba aquellos días en las montañas, la conexión que habían compartido. Pero nunca había imaginado que su destino hubiera sido tan trágico.
—Intenté encontrarte —continuó él—, pero la maldición me impedía acercarme a los humanos. Solo podía observarte desde lejos, protegiéndote cuando podía. Y ahora, el destino nos ha reunido de nuevo.
Ella sintió una mezcla de tristeza y esperanza. Sabía que debía ayudarlo a romper la maldición, pero no tenía idea de cómo hacerlo. Sin embargo, estaba decidida a intentarlo.
—No te preocupes —dijo ella, con determinación—. Encontraremos una manera de liberarte. No estás solo en esto.
El hombre sonrió, agradecido por su apoyo. Juntos, continuaron su camino, sabiendo que el verdadero desafío aún estaba por delante.
M. D. Álvarez
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