Hacia las tres de la mañana, escuchó un chirrido proveniente de su dormitorio. Creyó que era ella, pero lo que salió sigilosamente fue una aterradora sombra que se fue alargando hasta casi el techo. Se deslizó hasta el sofá, donde debería estar él, pero al no encontrarlo, la sombra pareció perpleja.
Cuando de pronto, desde el salón, él accionó los interruptores, iluminando el salón haciendo que la sombra huyera y no volviera. Ella estaba a salvo.
M. D. Álvarez
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