—No se te olvide nada —dijo su madre con una gran sonrisa.
El joven subió corriendo los escalones, abrazó y besó a su dulce madre, que le había preparado un delicioso almuerzo.
—Hasta la tarde, mamá —salió corriendo; tenía que recoger a su chica y dirigirse a la universidad.
Tardó cinco minutos en llegar a su casa. Allí lo esperaba, sentada en el balancín. Se subió a la moto y salieron disparados. Las clases transcurrieron tranquilas; entre medio se comían a besos, con calma.
M. D. Álvarez
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