Relatos

domingo, 30 de marzo de 2025

El hombre lobo y la princesa.

Él se ocultaba en aquel enorme establo. Los caballos se movían inquietos, pero no era por él; había otra presencia sombría que lo buscaba, sedienta. Él decidió escabullirse por una tabla suelta en la pared del establo y se dirigió velozmente hacia un poblado bosque de coníferas. 

La presencia intuyó su presencia en el bosque y se dirigió en su búsqueda. Lo halló dormido en una oquedad de un árbol caído. Se acercó cautelosamente y acarició su denso pelaje dorado.  

—Te pillé —le susurró al oído.  

No tenía escapatoria y se entregó sin resistencia.  Ella lo domeñó suavemente con ternura y pasión; él, sumiso, se entregaba a las caricias de ella.  

Bajo los árboles, se amaron ardorosamente hasta el día siguiente. Cuando se hallaron los dos tendidos y abrazados amorosamente, ella hizo ademán de levantarse, pero él la retuvo con ternura. Su unión estaba prohibida y tan solo podían amarse una vez al mes.  

—No te vayas —suplicó él.  

—He de irme; si descubren mi desaparición, no pararán en buscarme, y lo sabes —dijo ella con media sonrisa.  

—Espérame, te buscaré la siguiente luna llena —manifestó, mordiéndose el labio y deseando un nuevo encuentro con su apuesto y fornido hombre lobo al que amaba con locura desde que lo encontró solo y asustado.

M. D. Álvarez 

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