Les recordaba sus delitos; solo había uno de ellos al que no molestaba, y era la única que conocía la verdad de su existencia. A ella no tenía nada que reprocharle, es más, la protegía aún desde el otro lado.
Supo en el último momento de su vida que había tirado su vida por la borda en nimiedades, en vez de dedicarse en cuerpo y alma a amarla a ella.
Ya era demasiado tarde, pero aún así la protegía; ella lo percibía en cada susurro en el viento.
M. D. Álvarez
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