viernes, 22 de noviembre de 2024

Las tres lunas.

Lunas rojas, azules y verdes por doquier lo influían de igual manera, sacaban al monstruo que llevaba dentro. Si su espalda se arqueaba y doblaba, se resquebrajaba, dejando salir a la espantosa bestia que desgarraba su piel con sus grandes zarpas. Su espíritu luchaba por mantenerlo dócil y manso, pero aquel mundo no estaba ideado para el hombre. 

La gran cantidad de lunas hacía inevitable que su espíritu salvaje dominara al hombre que, de por sí, era su guardián, escondiendo su esencia en su interior, preservando su lado humano. 

Aquel mundo le era extraño a la bestia, pero sabía que en él nada le impediría ser el ser más salvaje de todos.

Aulló a las lunas que lo bendijeron con noches sin días, donde campaba a sus anchas, devorando y cazando por placer. 

Hasta que un día, en una de sus correrías, se topó con un portal que lo trajo de nuevo a nuestro mundo, donde el espíritu humano prevalecía sobre su mitad salvaje. 

En nuestro mundo, él era un amante esposo y padre de la criatura más dulce de todas, su pequeña Carol. Su mujer, Angie, estaba preocupada. Había estado fuera más de un mes, pero no se atrevía a preguntar. Sabía el cariz del trabajo de su esposo y conocía su secreto. 

Su trabajo lo llevaba a explorar otros mundos, donde sufría profundos cambios en su naturaleza, pero siempre regresaba junto a ellas. Eran su ancla y su faro para regresar.

Cuando estuviera preparado, se lo contaría todo. Hasta entonces, aguardaría, lo mimaría y amaría muy lentamente con ternura.

M. D. Álvarez 

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