miércoles, 27 de noviembre de 2024

El bosque milenario

Solo lograban vislumbrarlo cuando alguien se internaba en la espesura de aquel milenario bosque, del cual él era su guardián a tiempo completo. Su naturaleza esquiva le otorgaba la facultad de vigilar sin ser visto. 

Aquel grupo de excursionistas se internó en el corazón del bosque umbroso, donde las criaturas más salvajes, agresivas y feroces campaban a sus anchas, siempre vigilados por el formidable e imponente hombre lobo. 

Lástima de los excursionistas, solo pudo salvar a una jovencita de ojos verdes y pelo color caoba. Llegó tarde por estar al otro lado del gigantesco bosque, pero percibió los gritos desesperados. 

Cuando llegó, algunas de las bestias más aterradoras rodeaban a la jovencita. Lanzó un gruñido aterrador que hizo que las fieras se alejaran, la cogió tiernamente en sus brazos, apenas pesaba, y la llevó a su cueva donde la cuidó hasta que se despertó. 

Abrió los ojos y lo vio: era un magnífico ejemplar de licántropo de pelaje dorado. No mostró miedo cuando él le ofreció un cuenco con agua fresca. 

Bebió ávidamente, devolviendo el cuenco cuando él se acercó a recogerlo. Ella acarició suavemente su denso pelaje color dorado.

Se sentía responsable por la muerte de los excursionistas. Los había ido protegiendo mientras avanzaban por el bosque, hasta que su fino oído escuchó otro grupo, pero este era más revoltoso. 

Se dirigió hábilmente hasta las inmediaciones del ruso que se estaba dedicando a molestar a las jóvenes criaturas del lindero del bosque, así que optó por asustar a aquellos excursionistas gamberros. En cuanto lo vieron, huyeron despavoridos. 

Ahí fue donde oyó los alaridos lastimeros de los pobres caminantes. Los habían despedazado a todos, salvo a la jovencita que estaba hecha un ovillo, rodeada de aquellas aterradoras fieras. 

Menos mal que llegó a tiempo para salvarla; ella lo había visto en la espesura del bosque, pero no mostró miedo. Había una conexión ancestral entre ellos.

M. D.  Álvarez 

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