Aquella horda de hooligans enfervorecidos amenazaba a una joven que se dio de bruces con aquel impresionante joven de aspecto rudo pero amable.
Él la puso detrás de él y se encaró con la hueste. Encarecidamente se decían que aquel era un solo hombre; no sabían lo que se les venía encima.
Abrió los brazos en cruz y, con sus 1,90 metros de altura, emitió una onda sónica de una sola palmada que hizo volar a todos los maleantes.
M. D. Álvarez
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