viernes, 22 de noviembre de 2024

Las mejores amigas.

Eran dos grandes amigas; las dos se conocían desde hacía milenios y se querían con locura. Habían vivido grandes aventuras tanto en esta vida como en otras. 

Ella, a la que llamaré Sheila, era valiente, inteligente y amable. Yo, en cambio, era pendenciera, noble e imaginativa. Mi carácter me llevaba a enfrentarme con enemigos el doble de grandes que yo, pero con la ayuda de Sheila podría vencer cualquier vicisitud que se presentara. 

Ella, con sus ojos azul verdoso y cabello castaño claro, parecía una valquiria; era un ancla que me mantenía estable. Si no la hubiera encontrado, mi vida seguramente habría acabado antes de empezar. Nadie creería que con mi metro cincuenta y uno podría albergar una naturaleza tan peleona. Mi carácter irascible me habría acarreado grandes desastres; incluso podría haber destruido el planeta entero.

Por suerte, la encontré y fue mi ancla que me mantenía tranquila y estable. Con ella aprendí a controlar mis ataques de ira y también supe que ya la conocía desde el principio de los tiempos. 

Aunque llevábamos cientos de vidas juntas, aún lograba sorprenderme con un gesto amable que apaciguaba mi atribulado corazón.

No os he dicho mi nombre; mi nombre es Mandy y, junto a mi mejor amiga, Sheila, luchamos en un mundo cruel, lleno de maldad y oscuridad, por cualquier alma luminosa a la que la tenebrosidad trate de usurpar su luz.

Sheila, con su cabello plateado y ojos centelleantes, era más que una amiga para Mandy. Su sabiduría trascendía las eras, y su conocimiento ancestral la convertía en una guía indispensable en su lucha contra las sombras. Aunque su apariencia física no revelaba su verdadera edad, Mandy sabía que Sheila había presenciado la caída y ascenso de civilizaciones, la danza de las estrellas y la agonía de los dioses.

En las noches más oscuras, cuando el mundo parecía al borde del abismo, Sheila se sentaba junto al fuego y compartía historias de tiempos olvidados. Hablaba de imperios que se alzaron y cayeron, de héroes que se inmolaron por un bien mayor y de secretos ocultos en los pliegues del tiempo. Sus palabras eran como hilos de luz que tejían un tapiz de esperanza en el corazón de Mandy.

Mandy, por otro lado, era impulsiva y apasionada. Su nobleza la llevaba a desafiar las reglas impuestas por los oscuros señores que gobernaban el mundo invisible. Siempre estaba en busca de respuestas, de soluciones audaces y de maneras de romper las cadenas que aprisionaban a las almas. Su imaginación ardía como un fuego salvaje, y su valentía la impulsaba a enfrentarse a criaturas que acechaban en las sombras.

Juntas, Sheila y Mandy formaban un equilibrio perfecto. Sheila proporcionaba la perspectiva eterna, la calma en medio de la tormenta, mientras que Mandy aportaba la chispa de rebeldía y la voluntad de desafiar incluso a los dioses. Sus enemigos temblaban ante la alianza de estas dos almas entrelazadas, pues sabían que no podían ser vencidos por la fuerza bruta ni la astucia solitaria.

En una noche sin luna, cuando los susurros de los espíritus se volvieron inquietantes, Sheila le confió a Mandy un secreto ancestral. Reveló que ambas eran guardianas de un antiguo pacto, custodias de la balanza entre la luz y la oscuridad. Su amistad no era casualidad; era un designio cósmico que las había unido a lo largo de los milenios.

Mandy escuchó con asombro mientras Sheila le hablaba de las profecías que se tejían en las estrellas, de los hilos dorados que conectaban sus almas y de la elección que debían hacer. ¿Salvarían al mundo sacrificando su propia luz o se alzarían como titanes contra la oscuridad?

Así, en la encrucijada de la eternidad, Sheila y Mandy se prepararon para la batalla final. Sus corazones latían al unísono, y sus manos se entrelazaron como las raíces de un árbol ancestral. En ese momento, supieron que su amistad no solo era un refugio en la tormenta, sino también la clave para la supervivencia del mundo.

Y así, con la sabiduría de Sheila y la pasión de Mandy, se alzaron contra las sombras, dispuestas a escribir su propia leyenda en las estrellas. Porque en la oscuridad más profunda, la amistad verdadera se convertía en la luz que iluminaba el camino hacia la redención.

M. D. Álvarez 

Relato dedicado con todo cariño a una de mis mejores amigas, Sheila Gómez.

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