Puedo destripar un buey con tan solo unos palillos, así que imaginaros qué podría hacer con un tenedor —dijo, mostrando una feroz sonrisa—.
Los rivales no sabían a qué atenerse; aquel era el mejor agente, el más cualificado para desmantelar su organización.
No nos pagan lo suficiente como para dejar que nos arrebaten la vida —terció el que estaba al mando.
Se retiraron en desbandada sin mirar atrás; si lo hubieran hecho, descubrirían por qué había sido tan gráfico: estaba protegiendo a su preciosa bebé. La había depositado en una canastilla al ver aquel grupo de oponentes dirigirse contra él. No podía consentir que la dañaran, y menos en su día de permiso.
—Llegas tarde —apremió su mujer frente a la iglesia. Hoy era el día más especial para su preciosa hija: era el día de su bautismo.
M. D. Álvarez
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