“¿Eres tú?” logró decir, su voz apenas un susurro mientras los matones se alejaban, dejando atrás la amenaza que habían representado. Él se giró hacia ella, sus ojos azules brillando con una mezcla de emoción y un leve atisbo de culpa.
“Lo siento mucho”, respondió, la sinceridad en su tono resonando en el aire. “Tenía que irme… no podía quedarme.”
Ella asintió lentamente, sintiendo que las palabras eran insuficientes para expresar lo que había vivido en su ausencia. Sin embargo, el alivio de verlo allí, dispuesto a protegerla como siempre lo había hecho, llenó el vacío que había dejado su partida.
“¿Por qué volviste?” preguntó finalmente, un destello de esperanza iluminando su mirada.
“Porque no podía seguir huyendo. Te prometí que siempre te cuidaría, y eso es lo que vine a hacer.” Con esas palabras, él dio un paso hacia ella, extendiendo la mano como si estuviera tratando de cerrar la brecha del tiempo.
“Puedo ayudarte”, continuó, “si me dejas entrar de nuevo en tu vida.”
Ella dudó un instante, pero algo en su voz la convenció. Era como si el pasado y el presente se fusionaran en ese momento. “Sí”, respondió finalmente, “pero primero debemos hablar de todo lo que ha pasado.”
Y así, bajo la luna llena y rodeados por los ecos de su infancia compartida, comenzaron a reconstruir lo que una vez fue.
M. D. Álvarez
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