Todas las noches, aquel pequeño súcubo provocaba cortes de luz y creaba una estática chisporroteante que le daba una leve descarga eléctrica al objeto de sus deseos cuando este iba a dar la luz. Él era un joven inquieto y simpático.
Ella lo seguía allí a donde fuera y se comunicaba con él a través de las leves descargas.
Una noche, el joven decidió seguir las señales eléctricas hasta un rincón oscuro de su casa. Allí, entre sombras y destellos, vio la figura etérea del súcubo. En lugar de asustarse, sonrió y extendió su mano.
La criatura, sorprendida, se acercó y tendió su mano antes de tomarse un leve chisporroteo. Ella era un demonio femenino que se había encaprichado de aquel joven que, al parecer, no le tenía miedo.
M. D. Álvarez
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