Sobre aquel pedestal se hallaba el cetro más majestuoso de todos los mundos conocidos y desconocidos.
Su fabricación fue un misterio; ni siquiera se conoce al hábil orfebre que supo combinar las aleaciones de tantos metales nobles. El cetro estaba formado con una mezcla de oro bruñido, plata de ley, titanio, paladio y rutenio.
La aleación de estos metales recibió el nombre de Auagtipdru; ya es un nombre impronunciable, pero es lo que hay.
Después de fundir todos los metales, alearlos, los vertió en un precioso molde con forma de caduceo.
Esperó a que se enfriara y lo desmoldó. Tras tener el cetro en bruto, lo talló con ricos detalles e incrustó la joya de la corona: un rubí rojo como la sangre de 10x10 La historia de este rubí es dramática y maldita.
Al parecer, fue hallado en una cripta sobre un ataúd de cíclopeas proporciones. Recibió el sugerente nombre del "corazón del titán". El explorador que lo halló creyó que haría una fortuna, pero solo encontró la muerte en extrañas circunstancias.
Los herederos se curaron en salud y arrojaron tan hermoso presente a uno de los cientos de portales interdimensionales que había en aquel mundo. Lo que no saben es que el orfebre que talló tan ricamente el sempiterno cetro lo maldijo para toda la eternidad.
Solo se podría romper la maldición si el verdadero hijo de la luz lo portara sobre el trono de los mundos, y hasta ahora, todo aquel que ha intentado tomar el cetro para subyugar a los mundos ha perecido en drásticas condiciones.
M. D. Álvarez
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