—Tesoro, ¿qué te parecería tener una hermanita? —dijo él, dejando delicadamente la diminuta tacita de té.
La pequeña lo miró con atención y, primeramente, pareció disgustada, pero se dio cuenta de que tendría a alguien más con quien jugar. De un salto, abrazó fuertemente a su padre y después a su madre, que los observaba con ternura desde la puerta de la habitación de juegos.
M. D. Álvarez
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