Su estabilidad monetaria era escasa; casi no tenía ni para comer.
El día del sorteo ni lo miró; creía que él no tenía suerte, hasta que sus amigos le insistieron que comprobara los números agraciados.
No daba crédito: era el único ganador. Lo compartiría con todos aquellos que lo habían apoyado en los momentos más complicados. El premio era el más cuantioso de todos los tiempos.
No era un maniroto , pero tuvo a bien regalar a sus amigos varios millones y todavía le quedaba una gran cantidad que ingreso en un banco donde le daría pingües beneficios y ya no estaría tan apretado al final de mes.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario