martes, 29 de abril de 2025

Recuerdos reprimidos.

Los recuerdos llegaban a borbotones, como un torrente furioso; llegaban en oleadas, mostrándole su identidad, su carácter manso, aunque a veces un poco irascible. No hallaba consenso con el carácter marcado por su familia, una unidad indisoluble e inquebrantable que volvía a su mente justo en el momento preciso, cuando más necesitaba sus recuerdos. Por ejemplo, el día en que la conoció y supo que sería la única en su corazón.

La necesitaba, al igual que sus recuerdos, que lo hacían tan especial y tan dócil con ella. La lucha interna que se estaba celebrando en su mente era aterradora y opresiva; le llevaba a cuestionarse si sería ético o responsable mostrarle sus recuerdos. Sabía que alguno de esos recuerdos la podría herir.

La decisión lo consumía. Cada recuerdo que emergía traía consigo un eco de risas y lágrimas, momentos que definían quién era. Un día, mientras se sentaban juntos en el jardín, él sintió el impulso de abrir su corazón. Mirándola a los ojos, comprendió que su amor merecía la verdad, incluso si eso significaba arriesgar su felicidad. “Hay cosas que debo compartir contigo”, murmuró, su voz temblando. Sabía que, al hacerlo, podría liberarse de sus cadenas internas y acercarse a ella como nunca antes.

Ella lo miró, sorprendida pero dispuesta a escuchar. “Estoy lista”, respondió con dulzura. En ese instante, ambos comprendieron que el amor podía superar cualquier sombra del pasado.

M. D. Álvarez 

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