Mientras se levantaba, recordó los horrores que había vivido en la guarnición. La imagen del licántropo la perseguía, pero también la del hombre que había arriesgado todo por ella. Decidida a no dejar que su sacrificio fuera en vano, tomó una decisión: debía regresar a la guarnición.
Salió de la habitación en silencio, sintiendo el peso de su misión. Sabía que él no aprobaría su plan, pero necesitaba enfrentarse a sus miedos y liberar a otros que pudieran estar sufriendo como ella lo había hecho. La oscuridad del pasillo la envolvió mientras avanzaba hacia la salida.
Al llegar a la entrada de la guarnición, se detuvo un momento para respirar profundamente. Recordó las palabras de él antes de entregarse a su furia: "No dejaré que nadie más sufra". Con esa determinación grabada en su corazón, cruzó el umbral.
La guarnición parecía diferente bajo la luz del día; los ecos de sus gritos aún resonaban en las paredes. Se movió con sigilo, buscando pistas sobre los prisioneros restantes. A medida que se adentraba más en el lugar, comenzó a escuchar murmullos y lamentos que le rompían el corazón.
Finalmente llegó a una celda donde encontró a varios cautivos, todos debilitados y asustados. Los miró a los ojos y les habló con firmeza: "He venido a rescataros. ¡Seguidme!" Sin dudarlo, comenzaron a seguirla.
Mientras escapaban, el sonido de pasos resonó detrás de ellos. Los centinelas habían notado su ausencia. Ella sintió cómo la adrenalina recorría su cuerpo; debía actuar rápido. Con un movimiento decidido, tomó una antorcha del suelo y la arrojó hacia las sombras donde estaban los guardias.
El fuego estalló en llamas voraces y el caos se desató. Ella guió a los cautivos hacia una salida secreta que había descubierto en sus días de prisión. Justo cuando estaban a punto de salir, un rugido ensordecedor resonó tras ellos: el licántropo había despertado y, al no verla en la cama del hospital, supo dónde había ido y la siguió.
Moviéndose rápidamente, ella empujó a los prisioneros hacia fuera mientras se enfrentaba al monstruo que había sido su salvador y su amigo. "¡Detente! No soy tu enemigo", gritó mientras intentaba razonar con él.
Sus palabras parecían atravesar la neblina de rabia que lo envolvía por un momento; sus ojos se encontraron y ella pudo ver destellos de reconocimiento en su mirada bestial. "¡Vuelve!", le ordenó ella con desesperación.
La lucha interna en él era palpable; podía sentirlo desgarrándose entre la bestia y el hombre que amaba. En ese instante crítico, ella dio un paso adelante y extendió su mano hacia él. "Recuerda quién eres", susurró. Él logró reconocerlo y su furia e ira se fueron calmando.
M. D. Álvarez
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