martes, 22 de abril de 2025

El último aviso.

Al que dé un paso más en esa dirección no le auguro nada bueno, respondió él, mirándolos con desasosiego, pues sabía que no le harían ni caso.

Solo ella permanecía a su lado. A pesar de estar herido, se alzó con su gran envergadura y se lo volvió a advertir, pero no le escucharon. Se quedaron los dos esperando a que llegara el vehículo de rescate. Este llegó a los cinco minutos y los recogió.

El chofer no preguntó por la cara de dolor y la urgencia con la que ella lo apreciaba. Arrancó; si hubieran esperado dos minutos más, estarían muertos, ya que los que habían tomado aquel camino quedaron sepultados por una inmensa mole de rocas que se desprendió de los farallones. Él se lo había avisado varias veces, pero ellos ni tan siquiera le escucharon. 

Mientras el vehículo avanzaba, él miró por la ventanilla, perdido en sus pensamientos. Recordaba cada advertencia que había hecho, cada mirada despectiva que había recibido. ¿Por qué no le escucharon? La culpa se apoderaba de él. 

—¿Estás bien? —preguntó ella, tocando su brazo con suavidad.

Él asintió, aunque sabía que las cicatrices no solo estaban en su piel. —No sé si podré perdonarme —respondió con voz queda.

Ella se acercó más, su presencia cálida contrastando con el frío del miedo. —Lo importante es que estamos aquí, juntos. A veces las palabras no son suficientes para salvar vidas.

M. D. Álvarez 

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