Sus fuerzas eran ilimitadas, o eso creía él. En su estado brutal, no podía contener sus fuerzas y podía herir gravemente.
Solo había alguien capaz de apaciguar su furia y, por lo tanto, modificar su comportamiento, aunque la había perdido en la última misión. Decidió ir en su busca, ya que sin ella no sería más que un animal salvaje.
La última ubicación donde la vio era un paraje inhóspito y agreste, lleno de cuevas y recovecos donde podían emboscarlo. Percibió su olor, pero también percibió a un formidable enemigo que la retenía. Bajo su forma bestial, localizó a los centinelas que guardaban la entrada y se deshizo de ellos fácilmente. Una vez dentro de la guarnición, se percató de que no había vigilancia; todos los efectivos se hallaban en un solo punto: el salón de juntas, en el mismo lugar en el que estaba ella y aquel enigmático ser.
Se encaminó hacia dicho lugar, sabiendo que era una trampa, pero no la dejaría en aquel atroz lugar. En su estado irracional, se deshizo de todas las tropas que había allí, pero lo que vio a continuación lo horrorizó y lo paró en seco: ella estaba encadenada, su mirada perdida en los horrores y abusos que había sufrido a manos de aquel descomunal hombre lobo.
"Si te mueves, será lo último que veas", dijo el espantoso licántropo mientras la penetraba.
Aquello fue el punto de no retorno; su rabia y su furia se volvieron rojas. No hubo súplicas ni permiso; se lanzó como un dantesco y aterrador hombre lobo al cuello de aquel titánico lobo que, sorprendido, no tuvo tiempo de esquivar la mortal dentellada. Ella había perdido el conocimiento tras las penetraciones sucesivas de aquel salvaje licántropo.
Después de destrozar a su adversario, se volvió hacia ella, que seguía inconsciente y encadenada. Rompió las cadenas y la recogió con cuidado y ternura; la trajo de vuelta a su hogar, pero ya no pudo ocultar su aspecto de hombre lobo: había sacrificado su humanidad por ella.
Los que antes eran sus compañeros pensaron que él era el culpable del estado en el que había quedado ella y quisieron negarle el acceso a su habitación, pero ninguno le hizo frente y permaneció sentado a su lado. Hasta que se recuperara, tardara lo que tardara, permanecería junto a ella.
Pasaron seis meses hasta que se despertó y lo vio a su lado, profundamente dormido, y supo que estaba a salvo; él la había rescatado. También se dio cuenta de que había sacrificado su forma humana y lloró amargamente; se sentía culpable de la pérdida. Ella decidió adentrarse en la guarnición sin esperar a los demás.
Continuará...
M. D. Álvarez
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