A él se lo ganaba por la comida; era un auténtico sibarita. Adoraba el buen comer; los platos más suculentos y afrodisíacos eran su perdición. Ella era una consumada chef, y cada día que lo veía pasar por delante de su restaurante, se moría de ganas de que él entrara a degustar sus platos.
Un día lo vio observando la carta frente a su restaurante y se asomó discretamente, deseando que él entrara. Se decidió: aquel coqueto restaurante era uno de los que había estado estudiando.
Su plato estrella eran las ostras belon, continuando con el wagyu tomahawk, una obra de arte cárnica, se deshacía en la boca como mantequilla, su sabor intenso y jugoso era un festín para el paladar. La guarnición de verduras en tempura, crujientes por fuera y tiernas por dentro, complementaba a la perfección el plato, creando una sinfonía de sabores en cada bocado., y de postre, su única debilidad: el arroz con leche a la merengue. Si no clavaba el postre, no volvería; pero ella preparó personalmente el arroz con leche a la merengue más delicioso de todos los que él había probado.
Quiso felicitar al chef personalmente y se dirigió a la cocina, donde ella hacía fluir los platos más suculentos y deliciosos de todos los que él había degustado hasta el momento. En cuanto la vio, quedó perdidamente enamorado de sus bellos ojos verdes.
"Tienes unas manos prodigiosas", dijo él con vehemencia.
"Tan solo hago lo que me satisface" argulló ella con una sonrisa tímida. "Espero que todo estuviera a su gusto".
"He de decir que he disfrutado de todos los platos, pero el que verdaderamente me cautivó, el de arroz con leche a la merengue, me ha recordado al que me preparaba mi madre", dijo visiblemente conmovido.
M. D. Álvarez
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