Solo puedo encogerme de hombros y esperar a que oscurezca para poder salir a pasear mi genio innato.
Me habían vapuleado sin misericordia, pero no me achanté; iría de nuevo a por el siguiente concurso nocturno, aunque esta vez la tenía a ella como escolta, abriéndole paso hasta la pista donde un malencarado escritor no sabía lo que se le venía encima.
Con mi verbo fluido y mi lisongera lengua, lo borré de un diestro plumazo gracias a mi musa altanera que guarda mis espaldas.
Esta vez si que si, no se me pudo escapar. Gracias a mi dominio y mi imaginación no volví solo y derrotado a mi lecho.
M. D. Álvarez
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