Nadie osaría hoyar sus verdes pastos ni mancillar sus suaves colinas. Su amada permanecería dichosa junto a él, su bravo licántropo de ojos verdes, que lucharía hasta morir por su amada de ojos celestes.
Ella, su dueña, era la única patria a la que debía respeto y protección. Y el fiero guardián la amaba y defendía de las hordas amenazantes. Su tierra, mi tierra
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario