Él conocía los devaneos con el alcohol que terminarían matando a su buen amigo, el poeta maldito, que tantas noches había regalado a sus amigos en aquella destartalada buhardilla, donde, tras cada cerveza ingerida, su pluma fluía con pasión desmedida, guiándolo hacia el abismo sin fin de la melancolía.
Tras su muerte, la buhardilla guardó el gran secreto: el profundo amor por la vida que tan injustamente lo trató.
M. D. Álvarez
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