El joven no sabía dónde meterse; era núbil en las lides del romance. Pero, con toda la calma de la que pudo hacer gala, cogió una hermosa flor y se la ofreció casi sin atreverse a mirarla.
—Pero qué tierno eres. Pero mis ojos están aquí, no ahí en el suelo.
—Lo que pasa, señorita, es que su mirada me embelesa y me derrite como un azucarillo —respondió el jovencito con un valor que no creía tener.
Ella rió con suavidad y dijo: —Mira tú por dónde nos ha salido poeta.
—No soy poeta, sino siervo de vuestro corazón, -respondió él con una dulzura que la desarmó.
—Siéntate conmigo, azucarillo, -dijo ella, que había visto el candor y la delicadeza en aquel encantador labriego.
Él se lo pensó un momentito, pero accedió a sentarse con la bella joven.
El atardecer, con sus tonos rojizos y anaranjados, hizo de aquella tarde una hermosa historia de amor entre un inexperto mozo y una encantadora doncella.
M. D. Álvarez
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