Frente a aquel caudaloso río nació el más dulce retoño, engendrado por un hermoso licántropo y la más dulce y noble doncella. Acompañada de su férreo amante, dio a luz a su hermoso bebé, un lindo lobito de ojos azules y férrea determinación. Ella lo cogió con dulzura y lo amamantó, mientras su amado jugueteaba con el tierno rizo de su benjamín. El chiquitín asió la garra de su padre con firmeza y no parecía querer soltarlo. Su padre, sorprendido por la fuerza de su recién nacido príncipe, colocó su gran garra sobre su tierna cabecita, augurándole un gran reinado.
El pequeño, al que llamaron Luno por el brillo especial en sus ojos azules, era curioso y valiente. Un día decidió aventurarse más allá de los límites seguros de su hogar. Con paso firme y corazón palpitante, se adentró en el bosque, sintiendo la emoción burbujear en su interior.
Mientras exploraba, Luno encontró un claro bañado por la luz del sol. En el centro, había un lago cristalino que reflejaba el cielo azul. Al acercarse al agua, vio su propio reflejo: un pequeño lobito con pelaje dorado que brillaba como el oro. Pero lo que más le llamó la atención fue una figura etérea que danzaba sobre las aguas. Era una criatura mágica, con alas iridiscentes que parecían hechas de luz.
—¡Hola, pequeño! —saludó la criatura con una voz melodiosa—. Soy Seraphina, guardiana de este bosque. He estado observándote y siento que tienes un gran destino por delante.
Luno se sintió intrigado y un poco asustado a la vez.
—¿Un gran destino? —preguntó él—. Solo soy un lobito.
Seraphina sonrió con ternura.
—Precisamente por eso. Tu corazón es puro y valiente. Tienes la capacidad de cambiar el curso de muchas vidas si te atreves a seguir tu camino. Pero recuerda siempre: el amor es tu mayor poder.
Inspirado por sus palabras, Luno decidió regresar a casa para contarles a sus padres sobre su encuentro mágico. No solo era un lobito; era parte de algo más grande, algo lleno de promesas y aventuras.
A partir de aquel día, Luno se comprometió a explorar no solo el mundo exterior sino también los misterios que habitaban dentro de él. Con cada paso que daba al lado de su madre y su padre, sabía que estaba uniendo sus fuerzas para forjar su propio destino.
Continuará...
M. D. Álvarez
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