Tal cantidad de meteoritos de frío hielo se posó sobre la hermosa y joven tierra que comenzaron a surgir océanos por doquier. La joven tierra, preñada de un áureo rayo de sol, tuvo dolores de parto y comenzó a convulsionar, haciendo que su noble corteza se alzara sobre las prístinas aguas. Sus valles se llenaron de nuevas especies de árboles que colonizaron sus mansos prados cubiertos por un manto de hierba azul..
Cuando la joven Tierra dejó de sentir los abrasadores rayos del sol, que por piedad menguó su ardor, sus primeras criaturas comenzaron a surgir de los vastos mares que circundaban su casi totalidad, haciendo brotar altos montes y mansos valles donde adorables criaturas pastaban juntas, por donde antes no había nada. Inmensas junglas fluían cuán marea viviente por valles y hondonadas, todo ello lleno de vida que pululaba por doquier.
Allí donde la noble tierra alzaba su vista, crecían y nacían nuevas criaturas que adoraban a su progenitora. Hasta que llegamos nosotros, sus últimos hijos belicosos, que en vez de cuidar de ella, la herimos hoyando su sagrado cuerpo. Ella, pacientemente, va fraguando su venganza sobre nosotros, sus últimos hijos.
M. D. Álvarez
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