martes, 29 de julio de 2025

Negligencia.

Se sentía culpable; había sido negligente con sus armas. Dejó, por un despiste, su escopeta recortada sobre su banco de trabajo, sin darse cuenta de que su pequeña se había colado en su sanctasanctórum, donde guardaba todas sus armas: nunchakus, shuriken, gran cantidad de bōs, sais, puños americanos, katanas, sables de doble filo, dagas de todo tipo y las armas de fuego. 

Cuando se volvió y vio a su pequeña con aquella recortada, que era casi tan grande como ella, no le dio tiempo a reaccionar. Oyó un sonido hueco y su pequeña, antes risueña, ahora tenía un semblante aterrador. Corrió hacia su padre, que en aquellos momentos caía malherido. 

La pequeña llamó con lastimero llanto a su mamá, que, como una pantera, la recogió del lado de su padre, que yacía agonizando.

La madre, con lágrimas en los ojos, abrazó a su hija y le susurró que todo estaría bien. El padre, con su último aliento, acarició con su mano ensangrentada la mejilla de su pequeña que lloraba desconsolada. 

La pequeña, aún asustada, prometió nunca más tocar las armas. Las dos, rotas por la tragedia, dedicaron su vida a honrar la vida de su padre, un valiente y heroico guerrero.

M. D.  Álvarez 

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