Cuando se volvió y vio a su pequeña con aquella recortada, que era casi tan grande como ella, no le dio tiempo a reaccionar. Oyó un sonido hueco y su pequeña, antes risueña, ahora tenía un semblante aterrador. Corrió hacia su padre, que en aquellos momentos caía malherido.
La pequeña llamó con lastimero llanto a su mamá, que, como una pantera, la recogió del lado de su padre, que yacía agonizando.
La madre, con lágrimas en los ojos, abrazó a su hija y le susurró que todo estaría bien. El padre, con su último aliento, acarició con su mano ensangrentada la mejilla de su pequeña que lloraba desconsolada.
La pequeña, aún asustada, prometió nunca más tocar las armas. Las dos, rotas por la tragedia, dedicaron su vida a honrar la vida de su padre, un valiente y heroico guerrero.
M. D. Álvarez
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