Peleará con su mejor luchador, que, al ver mi corta estatura, se rió en mi cara. Le asesté tres golpes rápidos al hígado y lo tumbé con un gancho de derecha, noqueándolo.
Entonces, ella se fijó en mí con una sonrisa de admiración y me acompañó a casa, pero esta vez como el campeón de la noche. Las noches pasadas quedaron en el olvido; de hoy en adelante, seré su campeón.
M. D. Álvarez
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