Aquella tierra roja y agreste era la única que sus pies podían tocar. A pesar de ser baldía, era lo suficientemente resistente como para soportar sus bravos pies. Él era una criatura salvaje y agreste, como la tierra que pisaba. Fue desterrado a aquel mundo rojo e inhóspito para que se olvidara de su reciente leyenda.
Era uno de los aguerridos hijos de Urhuliat y Behisoriel, el último de su estirpe. Sus otros hermanos sucumbieron a las cruentas guerras entre los paladines, siervos de Ghrajael, el usurpador, que secuestró a sus amados padres y ordenó asesinar a sus siete hermanos en salvajes guerras contra las criaturas más horrendas jamás vistas en su amado mundo, ahora esclavizado por el tirano Ghrajael..
El joven Khadher comprendió a las duras las intenciones del traidor: al retener a sus padres, se guardaba un as en la manga. Si intentaba levantarse contra él, los mataría de la forma más cruel. Así que se sometió y fue desterrado a aquel mundo de tierra roja y baldía. Lo que no tuvieron en cuenta es que en su naturaleza la palabra rendición no existía; su fortaleza era el amor hacia sus padres y no permitiría que sufrieran daño alguno.
Fue fortaleciendo sus músculos, sus huesos, todo su cuerpo, hasta lograr un potencial inimaginable e inigualable. Y cuando estuvo preparado, se trasladó a su mundo, fuera de las miradas de los aterradores paladines de Ghrajael.
Debía atraerlos sin levantar sospechas, así que prendió una pequeña hoguera y atrajo a siete paladines que no comprendían cómo en aquel paraje había alguien que había violado el toque de queda ordenado por el gran Ghrajael. Vieron un cuerpo tendido frente a la hoguera y se lanzaron los siete a por él.
Justo cuando los siete atacaron el cuerpo, Khadher tiró de la red que cuidadosamente había cubierto bajo el cuerpo. Los paladines, azorados, profirieron maldiciones contra el joven que, de un soberano golpe, los fulminó sin ninguna clemencia. Recordaba las lágrimas de su madre al escuchar las noticias del fallecimiento de sus siete hijos; no merecían clemencia.
Recogió la red y desplegó sus hermosas alas rojas. El único lugar por donde Ghrajael no se espera que lo ataquen es por el aire. Se elevó sin esfuerzo y, en tan solo dos golpes de sus portentosas alas, estaba sobre el palacio de sus padres.
Conocía los pasadizos y pasillos menos transitados, así que descendió y transitó por los pasajes secretos hasta las mazmorras, donde sus queridos padres lloraban la pérdida del único hijo que les quedaba. Sus caras reflejaron la inmensa alegría al verlo sano y salvo.
Desencajó las rejas de los calabozos donde se encontraban sus padres y, a los opositores a Ghrajael, les ordenó que se ocultaran en los pasajes interiores. A sus padres los sacó, sirviéndose de sus potentes alas, y los depositó en una granja donde el granjero los recibió con amabilidad.
Al regresar al palacio, halló al tirano durmiendo a pierna suelta. A su lado, descubrió que había una chiquilla que, con ojos desorbitados, lo observaba. Él, con un gesto magnánimo, la sacó con cuidado de la habitación y le dijo que volvería a su hogar.
Ella le respondió, con un hilo de voz: "Tanto he cambiado que no me reconoces".
Se volvió y la miró atentamente; entonces se dio cuenta de quién era aquella chiquilla: era su hermanita pequeña.
Su furia fue en aumento; la apartó delicadamente y cerró la puerta. Lo que ocurrió en aquella habitación no puede ser narrado, pues su ira se desató tan salvajemente que no quedó nada de aquel violador, tirano y asesino de casi toda su familia.
M. D. Álvarez
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