jueves, 30 de abril de 2026

El terroncito. II parte.

La diosa, con el corazón apesadumbrado, decidió que no podía esperar más. Con la flor iridiscente en su mano, sintió la energía que emanaba de ella; era un símbolo del amor inquebrantable que su terroncito le había entregado. Inspirada por su valentía y determinación, se dispuso a cruzar el umbral entre su brillante reino y el sombrío bosque oscuro.

Al acercarse al límite del bosque, la luz a su alrededor comenzó a desvanecerse. Las sombras parecían moverse con vida propia, susurrando secretos olvidados y ecos de desesperanza. Sin embargo, la diosa no se dejó intimidar. Con cada paso, su amor por el licántropo iluminaba su camino, creando un sendero de luz en la oscuridad.

Mientras avanzaba, se encontró con criaturas del bosque: espectros de almas perdidas que la observaban con curiosidad. Sin embargo, no se detuvo. Sabía que debía encontrar a su terroncito antes de que fuera demasiado tarde.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, llegó a una cueva profunda y oscura. Allí escuchó un suave lamento que resonaba entre las paredes de piedra. Su corazón latía con fuerza mientras se acercaba al sonido. Cuando entró en la cueva, encontró a su amado licántropo, atrapado en un resplandor tenue que parecía alimentarse de su esencia.

—¡Terroncito! —exclamó la diosa, extendiendo la mano hacia él—. Estoy aquí.

El licántropo levantó la vista y sus ojos azules brillaron con reconocimiento y amor. —No debiste venir —dijo con voz débil—. Este lugar es peligroso.

—El amor verdadero puede enfrentar cualquier sombra —respondió ella con firmeza—. Te liberarás porque nuestro amor es más fuerte que este cautiverio.

Con la flor iridiscente en mano, se acercó al licántropo y comenzó a recitar palabras antiguas llenas de poder y esperanza. La luz de la flor iluminó la cueva mientras un suave resplandor rodeaba al licántropo, disipando las sombras que lo mantenían prisionero.

Poco a poco, las cadenas invisibles comenzaron a romperse y el licántropo fue liberado, abrazando a la diosa con fuerza. Juntos salieron de la cueva hacia el resplandor del día.

Su vínculo se hizo muchísimo más férreo. Regresaron al reino de la diosa, donde el dulce licántropo corrió libre y desaforado gracias al amor que la diosa le brindó. Siempre regresaba junto a ella con hermosos presentes que el terroncito le traía de sus correrías.

M. D. Álvarez 

miércoles, 29 de abril de 2026

El terroncito.

Que les va entregando pedacitos de su propia alma, blanca y pura, a modo de alimento. Así se complace la diosa más dulce, bondadosa y afable. Sus adorables ojos verdes abarcaban a todas sus criaturas, pero había una en especial por la que la diosa tenía una singular predilección: era un lindísimo licántropo de ojos azules que se resistía a sus encantos, empecinado en correr salvaje por los prados donde la diosa acostumbraba a reposar.

Un buen día, mientras la diosa alimentaba con tiernos trocitos de su alma inmortal a todas las criaturas que pululaban a su alrededor, no vio a su terroncito alocado corretear a su alrededor y se preocupó, diciendo: —¿Dónde estará ese granujilla que me ha robado el corazón?" 

Las adorables criaturas conocían la debilidad de la diosa por aquel aguerrido y salvaje licántropo, y le dijeron: —Hace días que no lo vemos; creemos que se internó en el bosque oscuro. Dijo que iba a buscar un presente para ti, amada diosa.

—El bosque oscuro es un territorio vedado; ni yo misma tengo el poder de acercarme, aunque quisiera —dijo ella, pesarosa. 

Transcurrieron los días y los meses, y su terroncito no daba señales de vida, hasta que un buen día apareció a los pies de la diosa un hermoso presente: una preciosa flor de colores iridiscentes. Ella supo quién se lo había traído: su adorable terroncito. Lo busco en la espesura de la hierba alta y esos confines de su colorido reino pero no lo encontró su corazón se entristeció y claro a su divino padre. 

—Amado padre, deseo encontrar a la más adorable criatura; es indómita, salvaje, pero tiene un corazón de oro, refirió sumisa la divina diosa.

—Tu adorada criatura se encuentra atrapada en el mundo de las sombras; solo su gran amor hacia ti lo mantiene con vida. Robó la más hermosa flor como presente para ti, mi divino tesoro, respondió con dulzura el regio padre. —Solo el amor verdadero lo podrá liberar de su cautiverio, sentenció el rey padre con tristeza.

Continuará...

M. D. Álvarez

martes, 28 de abril de 2026

La amistad que alimenta el alma.

Adiós, mamá, adiós. Oyó cómo se despedía la chiquilla antes de subirse al autobús que la llevaba al colegio. 

Se sentó al lado de su mejor amigo, que siempre le guardaba el asiento, colocando su mochila para que ninguno de los otros chiquillos le quitara el sitio a su mejor amiga. Como todas las mañanas, llevaba una provisión extra de emparedados; sabía que su amigo no comía lo suficiente y estaba perdiendo peso. 

La madre de su mejor amigo no ganaba lo suficiente como para alimentar a su querido hijo, pero gracias a aquella dulce niñita, su hijo comía todos los días.

M. D. Álvarez 

lunes, 27 de abril de 2026

El centinela.

El viejo faro de piedra se alzaba como un centinela solitario frente a la furia del Atlántico. Durante décadas, su luz giratoria fue el único latido de esperanza en la negrura absoluta, guiando a los barcos lejos de los afilados arrecifes que acechaban bajo la espuma.

Aquella noche, la luz parpadeó de forma extraña. El farero, un hombre recio, ajustó la lente justo a tiempo para ver cómo una pequeña embarcación se aproximaba peligrosamente a la fila dentada de los arrecifes y hizo sonar la sirena para que variaran el rumbo.

La embarcación viró justo a tiempo. Aquel impresionante faro había salvado la vida de mi padre, el capitán de aquel pequeño pesquero que regresaba a casa con su amor.

M. D.  Álvarez 

domingo, 26 de abril de 2026

El despacho.

Si los celos de Igor no le afectan al trabajo, no sería suficiente para alterarlo y sacarlo de sus casillas. Necesitaban que saliera de su despacho, así que no se les ocurrió otra cosa que hacer sonar la alarma de incendios. Cuando lo vieron salir disparado, aprovecharon el desconcierto para colarse en el despacho de Igor. 

Buscaron las pruebas con las que les había amenazado si no conseguía lo que quería, que no era otra cosa que tirarse a su secretaria, Angie, que era un auténtico pibonazo. Cuando Marcus descubrió las intenciones de Igor, estalló en improperios varios, pero al ver el rostro de su pareja, se contuvo a duras penas. Ella era su amor verdadero y cada vez que alguien le tiraba los tejos, él no lograba controlarse y se iba hecho una furia contra el desaprensivo que trataba de echarle el lazo a su dulce Angie.

Igor había grabado un video donde los dos se lo montaban en la mesa de su despacho, pero era de un básico surrealista. Lo había guardado en su ordenador personal, pero claro está, con contraseña.

Igor había grabado un video en el que Angie y Marcus se lo montaban en la mesa de su despacho, pero era de un estilo básico surrealista. Lo había guardado en su ordenador personal, pero, claro está, con contraseña. Sin embargo, Igor era un hombre predecible,  y no les costó mucho descubrir su contraseña. Seguro que ya la habéis acertado; si no, os la digo yo: el nombre del objeto de su deseo era "Angie". Una vez dentro, borramos el video y todas sus copias, aunque descubrimos que Angie no había sido la primera. Igor era un violador en serie. Entonces, ella sacó un pendrive y copió todos los archivos de video, 

Al salir del despacho, se encontraron con los empleados que regresaban, sus rostros llenos de confusión por la falsa alarma. Marcus y Angie intercambiaron una mirada de complicidad antes de desaparecer por las escaleras, llevando consigo la prueba de los crímenes de Igor.

M. D. Álvarez 

sábado, 25 de abril de 2026

Bajo el cielo del Norte.

El Norte era cada vez más frío, haciendo que las delicadas criaturas que lo poblaban bajaran de las altas cumbres. Tan solo los más fuertes resistían los fríos atroces, dotados de una naturaleza poderosa y ardiente. 

Él era una de esas criaturas, con su intenso pelaje color dorado y su gran envergadura, seguido de un corazón apasionado que buscaba a su ansiado amor en las altas y agrestes cumbres del gélido norte. 

Al no hallar a una ansiada hembra de su especie, tuvo que descender de las altas cimas hasta los cálidos prados, donde adorables criaturas disfrutaban de cálidas mañanas y dulces atardeceres. Él posó sus cálidos ojos en una de aquellas delicadas criaturas que inflamaban su noble corazón.

Ella sintió su mirada y, al verlo tan aguerrido y poderoso, se sintió cautivada y caminó con sutileza hacia él, que, sorprendido por la audacia de ella, trató de ocultarse sin conseguirlo; tal era su envergadura que sobresalía, ya que los seres en el cálido prado eran pequeños y no eran lo suficientemente frondosos como para ocultarlo a él.

—No tengas miedo, no te voy a hacer daño —dijo ella, risueña. No creía que podía tener tal poder sobre aquel gran macho.

—Disculpa si te he molestado —dijo él, saliendo de entre los árboles.

Ella pudo comprobar que aquel ejemplar era de alta cuna, pues su color de ojos no era habitual en los prados. —¿Qué hace un ser tan poderoso aquí en los plácidos prados?

Él comprendía que su apariencia era del todo aterradora, pero ella parecía no tenerle miedo y respondió: —Veraneantes, he bajado al gran valle en busca de una compañera a quien amar.

—Eres sincero y atrevido. Hace ya mucho tiempo que nadie desciende de las altas cumbres para emparejarse con nosotras.

—Debo decirte que mis intenciones son honestas; me uniré a ti si me aceptas. No te faltará comida con que alimentarte, ni pasarás frío. Serás mi reina allí en el gran norte; te colmaré de atenciones y mi corazón apasionado te mantendrá a salvo, dichosa y amada por siempre.

Ella lo miró curiosa; nunca antes, venido del gran norte, se había comportado tan cortés y galante con ella. Siempre habían sido brutos, salvajes y desconsiderados con las hembras del valle.

—Eres de noble corazón y estaré dispuesta a unirme a ti en tu reino de agrestes cumbres.

Él se sintió contento y satisfecho; había encontrado en ella lo que no había encontrado en su reino. Ella era hermosa, atenta, leal y lo amaría con dulzura, ternura y pasión.

M. D. Álvarez 

viernes, 24 de abril de 2026

El alfa y la omega.

Su trozo de bizcocho era relativamente más grande que el de los demás, pero tenía su porqué: era el líder de la manada y necesitaba reponer fuerzas rápidamente si quería que su manada no se revolucionara.

Pero él compartía su trozo con la única que sabía de su potencial: su compañera y bienamada pareja, a la que toda la manada respetaba sin fisuras.

Todas las mañanas desayunaba en aquella preciosa cafetería. Junto a su novia, repartía su desayuno con ella desde hacía siete días. La mimaba con delicadeza; sabía algo que el resto del grupo ignoraba: ella debía alimentarse mejor en su estado. Ella se lo había dicho; temía su reacción, pero él suavemente la besó con ternura y le dijo: —No debes temerme, me has hecho el hombre más feliz del planeta.

Ella sonrió, sus ojos brillando con gratitud. Sabía que, a pesar de las presiones externas, su relación era un refugio seguro. Mientras él partía otro trozo de bizcocho, se sintió afortunada de tenerlo a su lado. 

—¿Crees que los demás se darán cuenta de lo que estamos haciendo? —preguntó, mirando por encima del hombro hacia el resto de la manada que ocupaba las mesas cercanas.

Él se encogió de hombros, disfrutando de ese momento compartido. 

—No importa lo que piensen. Lo único que importa es que estemos bien nosotros —respondió con una sonrisa tranquila—. Y tú necesitas estar fuerte para lo que viene.

Ella asintió, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo ante la idea de lo que podría suceder en los días siguientes. La manada había estado hablando sobre un cambio inminente, algo que podría alterar la dinámica entre ellos.

—Tú siempre ves el lado positivo —dijo ella, tomando un sorbo de su café—. Pero ¿y si no podemos mantener la calma?

Él tomó su mano entre las suyas y la miró a los ojos. 

—Siempre habrá desafíos, pero juntos somos más fuertes. No olvides que siempre puedes contar conmigo —declaró con firmeza.

En ese instante, todo parecía posible. Con cada bocado compartido y cada mirada cómplice, su amor se convertía en un poderoso escudo contra cualquier adversidad.

Así, mientras el sol comenzaba a elevarse en el horizonte, llenando la cafetería de luz dorada, ambos sabían que estaban listos para enfrentar cualquier tormenta juntos.

M. D. Álvarez