Dos monedas de oro eran lo único que tenía de mi abuelita y no iba a dejar que se las quitaran, mucho menos aquellos sabelotodos que decían que eran falsas. Mi abuelita me había dicho que las habían encontrado en un yacimiento prehistórico.
Cuando me hice mayor, me dediqué al estudio de los fósiles y me olvidé de las dos monedas, pero un buen día, en un enigmático yacimiento, encontré lo que parecía un cofre de plata; sin embargo, no era posible, ya que el yacimiento estaba datado en el jurásico.
Rebusqué en los papeles de mi abuela para ver de dónde había sacado las monedas; era muy organizada y tenía todo organizado por archivadores. Encontré un archivador que decía "cretácico".
Hojeé sus apuntes y descubrí dónde encontró las dos monedas de oro: fueron halladas en el mayor yacimiento de fósiles y huellas del cretácico en la ciudad de Tamajón, en Guadalajara, España.
Me propuse descubrir cómo habían llegado aquellas monedas a aquel yacimiento y, del mismo modo, cómo había podido aparecer un precioso cofre de plata en mi yacimiento del jurásico.
Mientras exploraba el yacimiento de Tamajón descubrí una fisura en el tiempo , pero no era una grieta cualquiera; es una abertura que conecta el Cretácico con el Jurásico. El aire cambia, y sientes la electricidad en el ambiente.
De repente, aparecen dos figuras: un paleontólogo del Cretácico y un cazador de fósiles del Jurásico. Sus ropas son distintas, y sus expresiones reflejan asombro y confusión.
El paleontólogo del Cretácico, Dr. Ignacio Velasco, sostiene una libreta de cuero llena de dibujos de dinosaurios. Sus ojos brillan al ver las huellas de cocodrilos y terópodos. “¡Esto es increíble!”, exclama en su antiguo idioma. “Nunca imaginé que vería estas criaturas en vivo”.
El cazador de fósiles del Jurásico, Elena Montenegro, lleva una mochila con herramientas de excavación. Su cabello está lleno de polvo de hueso y su mirada es audaz. “¿Dónde estamos?”, pregunta en su dialecto ancestral. “Esto no se parece a ningún yacimiento que haya explorado”.
Yo, como testigo atemporal, me debato en si es mejor que lo descubran por ellos mismos. Fue entonces cuando me descubrieron. ¿Crees que nos entenderá? —preguntó en lo que parecía un antiguo dialecto norteño.
Hola, soy Estuar Draier —dije en lo que yo creí que se aproximaba a su dialecto.
Se quedaron anonadados. El paleontólogo se acercó temeroso, estudió mi atuendo y mis facciones. Parece que la evolución sigue su curso. "Tenemos que regresar", dijo apesadumbrado.
—¿Esto les pertenece? —pregunté, mostrándoles las dos monedas de oro y el cofre de plata.
Sus ojos convergieron en los dos objetos.
—¿Dónde los encontraste? —preguntó ella, visiblemente emocionada.
—Aquí, en este mismo yacimiento. Los encontró mi abuela.
—¿Estás seguro? —preguntó ansiosa.
—Son las dos que le di a Ana —dijo ella entre dientes.
Al oír el nombre, me di cuenta de que mi abuela era parte del equipo de estudiosos del pasado. En una de las muchas incursiones, conoció a mi abuelo y se enamoró; no pudo volver.
—¿Qué le ocurrió a Ana? —preguntó él.
—Se casó con mi abuelo. Nunca nos dijo de dónde había sacado las monedas. Murió cuando yo era un chiquillo, pero antes de dejarnos, me dijo que las había hallado en un yacimiento prehistórico. Ella sabía que yo descubriría su origen.
El pasado y el presente convergen en Tamajón, y yo soy el vínculo entre dos mundos.
M. D. Álvarez
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