Con sus ojos azules centelleando, galopaba por los cielos, surcando las grandes alturas, hasta que un día vio allá abajo, en la tierra, una preciosa hembra de unicornio de tierra, cuyas crines grises ondeaban al viento. Su color de ojos era ambarino y su pelaje, del más inmaculado blanco. El unicornio de aire descendió a la tierra y se acercó a la preciosa unicornio, que, viéndolo tan gallardo, lo aceptó en su manada.
Fue recibido con alegría, ya que los unicornios de tierra veneraban a los unicornios de aire. La hembra líder de los unicornios de tierra lo eligió como pareja por su brío y bravura.
Era un gran semental que cubriría las necesidades de la hembra, dando hermosos bengalas de preciosos colores, terrenos y aéreos; podrían cabalgar tanto en tierra como en el aire.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario