Aquella mosca cojonera no hacía nada más que molestar; se creía más rápida que los gigantes a los que no paraba de fastidiar. Estos no cesaban de hacer aspavientos para espantarla. Ella no se arredraba y los seguía incomodando; solo cesaba de hostigarlos cuando aquel dulce amarillo aparecía en la mesa.
Solo en ese momento dejaba de atosigar a los gigantes, pero lo que no sabía aquella mosca era que aquel dulce amarillo era terriblemente pegajoso, quedando atrapada en tan dulce sustancia y, por tanto, a merced de los gigantes, que sin miramientos la espanzurraron de un manotazo.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario