Sobre aquella piedra bautismal fue ofrecido aquel hermoso retoño de ojos azules y pelo encaracolado.
Su risueña y adorable sonrisa parecía un rayo de luz; era el enviado para restaurar el reino de luz y color. Nada hacía presagiar que su pérdida acarrearía todos los males del mundo.
Debía crecer ayudado por su hermosa madre y su adorado padre; su porte angelical le dotaba de un encanto especial.
Lograría lo que se propusiera, pero se cruzó en su camino un ente perturbador que le robó la sonrisa, logrando engañar a sus queridos padres y dejándolo desamparado en medio de un oscuro bosque infestado de alimañas.
El tierno infante seguía conservando su luz, y sus dulces rizos dorados se las arregló bastante bien para subsistir y sobrevivir a tan macabro bosque, ayudado por hermosas criaturas de bellos colores que lo alimentaban y cuidaban.
A medida que iba creciendo, su poder iba en aumento; su hermosa melena dorada y sus grandes ojos azules eclipsaban la oscuridad del bosque.
Un buen día, su madre paseaba por las inmediaciones de la espesura cuando vio un resplandor cegador que provenía del corazón del arbolado. Se dirigió hacia allí y divisó en uno de los claros a un aguerrido joven de ojos azules y largos rizos dorados.
Él escuchó un crujido y se volvió, encontrándose de frente con una anciana señora que lo observaba con lágrimas en los ojos.
"¿Os ocurre algo, bella señora?", preguntó asustado.
"No. Es que me has recordado a mi dulce pequeño", dijo ella visiblemente emocionada.
"¿Y dónde está su hijo?", quiso saber él.
"Se perdió en el bosque y no volvió", dijo ella entre sollozos. Tenía una sonrisa arrebatadora.
Él no recordaba cómo había llegado al bosque ni quiénes eran sus padres. Solo recordaba una gran piedra donde lo depositaron para la presentación.
M. D. Álvarez
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